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La momificación en el Antiguo Egipto


La técnica de la momificación de los cuerpos de los difuntos no era exclusiva de la sociedad faraónica, pero sí que fueron ellos los que alcanzaron altas cotas de perfección. El procedimiento era largo y costoso, y no estaba al abasto del común de los mortales, que solían enterrarse entre esteras y poco más. Aun con todo, existían algunas funerarias que ofrecían ofertas de bajo coste (el negocio mortuorio existe desde hace milenios). La misión principal era la de salvaguardar, al máximo, el cuerpo del difunto de las inclemencias del medio ambiente.

Después de unos pocos días de respetuoso luto, el cuerpo del fallecido era sometido a un proceso de limpiado, vaciado y desecado, y posterior momificación.

El primer paso era limpiar el cuerpo y untarlo con todo tipo de resinas, ungüentos y aromas naturales de plantas, incluso de miel de abejas. Una vez purificado se procedía a la extracción de las vísceras y el cerebro. El procedimiento de extracción del cerebro, cuando se realizaba, porque no siempre se hacía, consistía en practicar un agujero en el cerebro a través de la nariz e introducir un bastón a modo de batidora para remover el cerebro, licuarlo y que este se deshiciera y se acabara escurriendo por la nariz. En muchas representaciones se nos dice que se sacaba mediante un gancho, incluso Heródoto (484 – 425 ane.), nos lo describe así. La verdad es que había muchas formas de hacerlo y la más usada era simplemente abrir el cráneo por la base posterior y extraerlo sin esfuerzo.

Acto seguido se practicaba una incisión lateral en el torso del difunto y por allí se le extraían pulmones, estómago, intestinos e hígado. Los riñones se dejaban en el cuerpo dada la dificultad de acceder a ellos y el corazón también permanecía en su lugar porque el difunto lo iba a necesitar en el juicio de Osiris, para acceder al más allá, cuando el difunto coloca su corazón en una balanza y su peso no debe sobrepasar el de la pluma de Maat, la justicia y la equidad, que se sitúa en el otro lado de la balanza. Si el corazón es puro, si el difunto ha obrado correctamente durante su vida, no pesará más que la pluma y podrá acceder al Más Allá, de lo contrario, será devorado por la bestia Ammyt y tendrá una segunda, y definitiva, muerte.


Estas vísceras se embalsamaban, incluso, a partir de la dinastía XXI, se vendaban y se colocaban dentro de los llamados Vasos Canopos. Éstos solían estar hechos de alabastro, aunque los hay menos elaborados de cerámica, y tenían una tapa en forma de cabezas que representaban a los cuatro hijos de Horus (no siempre fue así, al principio, a partir de la VI dinastía, era una tapa plana, luego en el reino nuevo se empezaron a desarrollar tapones con la cabeza del difunto y finalmente se hicieron estas efigies de genios). Así tenemos a Amset, una vasija con tapa en forma de cabeza humana, en la que se guardaba el hígado, luego está Hapy, que tenía forma de cabeza de babuino, donde se depositaban los pulmones. Después estaba Kebeshenuef, con forma de cabeza de halcón, y que contenía los intestinos, y finalmente encontramos a Duamutef, vasija con tapa con la silueta de un chacal, en la que se introducía el estómago del fallecido. Estos Vasos Canopos se depositaban en el interior de una caja y debían acompañar al difunto en su cámara funeraria.

Antes de proceder a momificar el cuerpo, a añadirle todo el vendaje, se debía proceder a su desecación, a tratar de eliminar cualquier fluido líquido. Para ello se introducía en un recipiente llenó de natrón, una mezcla natural de sal y bicarbonato sódico, que se encontraba en diversos lugares donde se habían desecado antiguos lagos, en el Kab o en Wadi Natrum, por ejemplo. El cuerpo permanecía 36 días allí, y el resultado era una silueta esquelética de huesos y piel que debía ser rellenada con ropas, vegetales, incienso, aceites,etc. para darle una apariencia de ser humano con vida.

Con todo ello realizado, comenzaba el proceso de vendaje, el cual se hacía con girones ropa usada, siempre de lino, y si el difunto se lo podía permitir, lino de Sais, que era el de mejor calidad, no fue hasta el periodo Helenístico (332 – 30 ane.), es decir, en un periodo muy tardío, que se empezaron a producir vendas expresamente para la momificación. Se empezaba por los dedos, de forma individual, se pasaba a las extremidades, la cabeza y se terminaba con el cuerpo. Los brazos se situaban a ambos lados, cruzando las manos sobre el pecho. Mientras se hacía todo el proceso, el sacerdote encargado, en caso de que el difunto tuviera la categoría suficiente como para que se le asignara un sacerdote, profería todo tipo de versos y sortilegios, a la par que, de tanto en tanto, iba colocando diferentes amuletos entre venda y venda, todo ello en un ritual para conferir protección mágica al difunto en su tránsito.


Terminado este procedimiento, se le añadían resinas sobre las vendas, se depositaba la momia en un sarcófago y ya se la podía entregar a la familia, que dependiendo de las posibilidades, organizaba un séquito hasta el lugar donde tuviera la tumba, su morada de eternidad, y antes de entrar en la misma se procedía al último de los rituales, la apertura de la boca, también de los ojos, usando un instrumento curvo, una especie de azuela, mediante el cual se iban a despertar los sentidos al difunto, se le dotaba de la capacidad de ver y poder hablar en el Más Allá.


Realizado este último ritual, sólo faltaba introducir el sarcófago antropomorfo en el interior de otro de mayor tamaño, en le caso de los faraones podía haber diversos, en otros casos, con uno era suficiente, y se completaba el proceso con el sellado de la tumba.


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